De repente me encuentro sentada en el piso de mi casa frente a mi perra, explicándole las razones por las cuales yo quería tener una perra peluda y no una como ella. Esta conversación, que duró aproximadamente unos 15 minutos (minutos que Marley seguramente hubiese aprovechado mejor destruyéndome algún almohadón o comiéndose las plantillas de mis alpargatas), incluyó en detalle las ventajas de tener un perro peludo pero intentando equilibrar mis argumentos con repetidos e insoportables intentos de convencerla de que ella es la mejor perra que puedo tener. Lo triste de esta conversación -o lo más triste- es que estos intentos de convencerla reiteradas veces, tuvieron lugar ya que ella no parecía creerme cuando le decía que es la mejor perra del mundo.
No te atrevas a juzgarme. Y ni se te ocurra decirme que no hablás con tu perro porque no te creo un carajo.
